Fundé una empresa para hacer del «Ah, se ha entendido» algo cotidiano
Resulta que el extraterrestre era yo
En el jardín de infancia no lograba unirme a los bailes de grupo. Cuando me mandaban fuera, daba vueltas y vueltas por el patio en un triciclo.
En la ceremonia de ingreso a primaria, perseguí una mariposa que pasó delante de mí y salí así del gimnasio.
Una vez, para comprobar si una lupa de verdad podía encender fuego, la mantuve sobre un montón de hojas secas durante todo el recreo del almuerzo. Provoqué un pequeño incendio.
Para mí, todo tenía lógica. Quería hacer algo e iba hacia ello por el camino más rápido. Pero para los demás debía de ser un niño capaz de cualquier cosa.
En cuarto de primaria ya nadie me invitaba a jugar.
Así que devoré libros de psicología del comportamiento en la biblioteca. Las miradas, los gestos, las pausas. Formas de leer desde fuera los sentimientos que la gente no pone en palabras. En sexto incluso me confiaron ser delegado de clase.
Pero siempre estaba agotado. Leer las caras, elegir palabras que no rompieran el ambiente. Hablando así, las conversaciones terminaban sin que lo que yo pensaba llegara nunca a transmitirse.
¿No habría una forma más natural de que los sentimientos llegaran? Desde niño me lo he preguntado siempre.


